¿“TUMBA LA CAÑA MACHETERO, TÚMBALA”?

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 INVITADO 152

…Y no precisamente el carretero la recoge enseguida; hoy la situación ha cambiado, y es que con la llegada de las máquinas cortadoras de caña ya las cosas han cambiado en los ingenios, pues la mecanización ha reemplazado la mano de obra de cientos de trabajadores que quedaron sin trabajo, y sólo se utilizan sus servicios cuando el invierno no permite que la máquina corte debidamente, entre otras causas. Sí, la situación de los trabajadores del sector cañero es cada día más precaria, aparte de toda la historia de despojo y violencia a la que han sido sometidas las familias que otrora sembraban productos de pan coger, quienes se vieron obligados a vender sus tierras a los grandes ingenios y pasar a ser mano de obra explotada sin las más mínimas condiciones laborales y sociales dignas y humanas.

Hablar de la historia de la caña de azúcar en el Valle del Cauca, es hablar de ese “dulce que está cargado de un amargo” que solo lo saben quienes han padecido los rigores de la exclusión y la marginalidad. Claro, si leemos lo que hermosamente escribe ASOCAÑA en su página institucional encontramos una realidad virtual “hermosa”: “ […] En los municipios cañicultores, frente al resto de municipios en Colombia donde se desarrollan otras actividades agrícolas o agroindustriales, la calidad de vida es mejor y las necesidades básicas insatisfechas de la población son menores, pese a que la inversión pública es baja. Una mejor calidad de vida se ve reflejada en una mayor tasa de escolaridad, una mayor tasa de alfabetismo y una menor tasa de mortalidad. Así mismo, los municipios donde se cultiva caña, destinada a los ingenios azucareros, tienen menos pobreza que otros municipios con presencia de otros cultivos distintos. Las necesidades básicas insatisfechas de la población en los municipios cañicultores están por debajo de la media nacional […]”.

La “realidad real” dista mucho de esta descripción que hace el gremio azucarero; basta hablar con varios empleados de algunos ingenios del Centro del Valle para comprobar que esto es pura fantasía que pretende encubrir las condiciones de esclavitud moderna que se viven en las entrañas de los ingenios, donde todavía persiste: la tercerización laboral, largas jornadas de trabajo, sueldos paupérrimos, violación a convenciones colectivas de trabajo, persecución y guerra psicológica contra líderes sindicales, entre muchas otras problemáticas.

Recorrer el Valle del Cauca significa mirar a lado y lado grandes extensiones de caña que generan una sensación de cansancio visual y un panorama triste no solo para los trabajadores, si no para los pobladores que tienen que soportar la quema de la caña, viéndose invadido de pavesa todos los espacios de las casas y calles, lo cual atenta contra la salud de los vallunos, sin que las autoridades hagan algo por la defensa del bien común. No. Aquí priman los grandes intereses de las poderosas familias dueñas de los ingenios.

Y en estas historias de exclusión y resistencias, las comunidades negras han sido uno de los sectores que más han puesto su cuota de sacrificio para el enriquecimiento de estos emporios del azúcar a costa de su integridad y sus vidas, generándose históricamente una ruptura en sus territorios y en la territorialidad como símbolo cultural, espiritual y cosmogónico, pues al implantarse el monocultivo de la caña se ha presentado un “desgarre” social que rompe con costumbres ancestrales, organizativas y comunitarias; de ahí la importancia de trabajar la cultura como un elemento constitutivo del mundo de la vida, de donde se puede desprender la reconfiguración de su territorialidad.

Y como dice la canción de Celina y Reutilio: “Tumba la caña machetero, tumba la caña… ya viene el carretero a recogerla enseguida”, es cosa del pasado al menos para nuestro país, donde la tecnología ha desplazado la mano humana, y ha dejado en el asfalto a cientos de trabajadores con sus familias en condiciones precarias de sobrevivencia; pero valga resaltar que el problema no son las máquinas, sino que radica en la propiedad de las mismas y en la distribución de las riquezas. La tecnología debería mejorar la calidad de vida de los seres humanos, pero el endiosamiento del dinerolo hace imposible. Se requiere entonces de cambios estructurales para hacer que el espíritu humano se eleve y sus condiciones materiales también, para que humanos y no-humanos podamos disfrutar de esta nuestra única casa: el planeta tierra.


Silvia María Salazar Giraldo
Fundación Intercultural Barule

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