TOCA, TOCA, LA INJUSTICIA

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TOCATOCA

 

“Diciembre se deslizó hacia un enero de soledades.”

Los “Diablos” van por las calles con sus
disfraces, repartiendo alegría y esperando una
moneda que llene sus alforjas para celebrar en
diciembre. Son los tambores
de navidad, la época más feliz de un mundo
repleto de injusticias.

Wilfrido Franco García



Tum! Tum! Tum! Son las 8:00 am, los perros ladran incansablemente, los niños se escondenen las enaguas de sus madres; se escucha al interior de la casa de doña Tulia, ¡Tum! ¡Tum! Tulia se levanta rápidamente de su silla mecedora y se asoma a su balcón, se detiene al escuchar el sonido de los tambores y redoblantes proveniente de las calles coloridas del barrio Lleras Camargo.

El estruendoso sonido de los tambores y redoblantes es el anuncio que pronto terminará este año y que se acerca la época decembrina, esa mismita que hace perceptible tanta desigualdad. En efecto, las condiciones sociales que predominan en los sectores populares de la sucursal del cielo privan a muchos niños y niñas de la llegada del niño Dios, de estrenar ropa o, incluso, de suplir las necesidades básicas como la alimentación.

Condiciones como las anteriores hacen que cada año se conformen los diablitos de Siloé, quienes llenan de alegría las calles caleñas. Desde principios de noviembre hasta el seis de enero, cuando asome el sol en las casitas blancas y calles empinadas de la ladera conocida como Siloé, descenderán niños y jóvenes disfrazados de diablos, culonas, viejitos, viudas, gorilas y lobos, dispuestos a bailar durante todo el día para recolectar el dinero del alquiler de los trajes e instrumentos, y para suplir sus necesidades diarias.

Por las calles de la comuna 20 se escuchan los rumores de que estas agrupaciones nacieron en 1932, en la ladera de Cali, cuando un grupo de mineros que laboraban en La Colina, hoy conocida como el barrio Siloé, celebraban la fiesta de la Virgen del Carmen. En medio de su borrachera, decidieron ir a la antigua galería central de Cali, ubicada en lo que hoy es la Plaza de Caycedo.

En su caminata danzaban y bailaban al ritmo del tambor, siendo recompensados a lo largo del camino con monedas que le obsequiaban las personas más pudientes, habitantes del barrio San Fernando. Así comenzó la tradición de los diablitos de Siloé, que actualmente lleva más de seis décadas contagiando de alegría a propios y visitantes, haciendo un carnaval popular a su paso.

En la actualidad, estas agrupaciones de diablitos las conforman niños, adolescentes y jóvenes entre los 8 y los 17 años de edad, y habitantes de una tierra estereotipada y abandonada por el Estado, quienes se agrupan en pequeños colectivos quetransmiten alegría a los caleños por medio del festín en las arterias de la ciudad, con el fin de obtener el sustento económico que falta en sus hogares.

Algunos de estos grupos se dirigirán hacia el norte, a barrios como La Flora, donde desde años atrás se ha probado la generosidad de sus moradores; unos buscarán el centro que por épocas decembrinas se encuentra a rebosar de compradores, y otros irán rumbo al sur, hacia los barrios ricos como Ciudad Jardín y Caney o hacia barrios como Nápoles, el Lido, y Pampalinda.

Cada día al llegar el final de la tarde, el cansancio se apodera de estos niños y jóvenes, pero con ello la satisfacción de haber recogido el dinero en pago de llenar de alegrías las calles caleñas. Esa es la gente de la comuna 20, esa misma que sale de sus casas en la mañanita para buscar suplir sus necesidades básicas, sin importar la edad, pues bien es sabido que quien habita en este territorio nace luchando por conseguir una vida digna.

Muestra de esto es que el paisaje urbano de casitas blancas y calles de colores se ha construido a punta de mingas; el alcantarillado, el acueducto, la energía y la infraestructura vial existen en el asentamiento subnormal de la comuna 20 por el coraje y solidaridad de sus habitantes, sin dejar de guardar la esperanza de que el Estado haga memoria y recuerde que Cali es también loma y ladera.


Jessica Alejandra Sanclemente Tapias
Observadora ciudadana

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El Observatorio de Realidades Sociales es un servicio y un espacio de la Arquidiócesis de Cali para monitorear, interpretar, difundir e incidir en el conocimiento de las realidades sociales de la ciudad-región, con la perspectiva de acompañar a la ciudadanía en la construcción de alternativas de vida.

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