EL CALVARIO DE LOS NIÑOS HABITANTES DE CALLE

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¿Nos hemos preguntado por qué hay tantos habitantes de calle en Santiago de Cali? ¿Será que alcanzamos a dimensionar la magnitud del fenómeno que muchas veces es desapercibido, además de despreciado? ¿Acaso las autoridades tienen conocimiento y hacen seguimiento de los niños que sufren esta realidad en nuestra ciudad?

 

Lo cierto es que esta situación no cuenta con el nivel de interés que se requiere. Tal vez por eso en la actualidad solo tengamos cifras improvisadas y acciones que no acometen el problema desde sus raíces. Sin embargo, mientras logramos despertar conciencia sobre esta realidad social, es necesario que visibilicemos y nos sensibilicemos ante un grave escenario que muchas veces ni sospechamos. Quienes piensan que todo en la calle es placer, deben entender que no es así.

 

Son muchas las realidades de sufrimiento, desamparo y soledad que sufren estas personas, entre las que se encuentran menores de edad de los 9 a los 15 años que están siendo víctima de abuso sexual en las calles e inducidos al mundo del consumo; niños que al parecer no tienen institución que los defienda y que solo quedan a merced de los placeres de sus dominadores. Ante esta cuestión, el único refugio naturalizado para ellos termina siendo la droga. En zonas como el Calvario, por ejemplo, los jíbaros no tienen en cuenta la edad de los compradores. En este caso, eso de menores no cuenta.  

 

Además de la grave situación de vulnerabilidad de los menores de edad, existe aquí otra gran problemática de fondo, a saber, que la oferta y la demanda de sustancias psicoactivas en la ciudad de Cali termina siendo un negocio redondo tanto para expendedores como para habitantes de calle que las consumen. Esto porque, según la misma población de calle consumidora, “la droga en Cali, además de buena, es barata”. Una bolsa de bazuco, que es la sustancia que más compran estas personas, cuesta en Cali $500, lo que en ciudades como Bogotá y Medellín costaría, por lo mínimo, $1000.

 

Hay experiencias de habitantes de calle que viniendo de otras ciudades pueden constatar, no solamente la “calidad del producto”, sino también la “favorabilidad” de los precios.

 

Lo anterior muestra que esto no puede verse como una problemática aislada de otras que confluyen en la ciudad. En efecto, esto tiene relación con cierta permisividad social e institucional, que no se conduele del nivel de degradación al que podemos llegar como seres humanos; pero también con cierta inoperancia, cuando se evita asumir unos problemas estructurales que conllevan a esa misma degradación, y en la que se expone de particular manera la vida e integridad de personas que desde temprana edad terminan en la calle. 
 

Frente a esto es necesario interesarnos por el problema, aprenderlo a ver en el marco de una realidad compleja que merece múltiples puntos de atención. Para ello será importante hacernos una radiografía de la cuestión: saber la cantidad de personas con las que estamos tratando: cuántos niños, mujeres, y adultos mayores; cuántas personas en situación de discapacidad y cuántos venezolanos que, en su desdicha migratoria, no tuvieron otro camino que caer en la calle porque fue la única en ofrecerles acogida.  

 

Para que eso pase, requerimos desligarnos de actitudes que se han caracterizado más por el rechazo que por la búsqueda de soluciones: “qué bueno sería deshacernos de esta gente desagradable, maloliente y sucia que camina y duerme en las aceras”; “qué bueno sería que se pusieran a trabajar y dejaran de vivir y drogarse a costillas de los demás”; “qué bueno que en mi barrio no tuviera que ver a ese tipo de gente durmiendo, hurgando la basura o defecando en nuestras zonas verdes”. Definitivamente, qué bueno sería. Con todo, qué bueno sería, no por lo desagradable que eso puede llegar a ser, sino por la sencilla razón de que ese estado de degradación es simplemente inaceptable. 

 

Por eso, tal vez lo más adecuado sea replantearnos la manera cómo asumimos esta problemática para ir más allá del fenómeno mismo, a saber: “Qué bueno sería una ciudad que le garantice el acceso a techo y comida a todos sus habitantes”; “qué bueno sería una ciudad donde no tengamos que padecer por la falta de empleos y de oportunidades para emprender y salir adelante”; “qué bueno sería que a la gente se le respetara su derecho a vivir con dignidad, que se protegiera a las familias y que se tendiera la mano en caso de necesidad; una ciudad solidaria, que bueno sería”; “qué bueno sería una ciudad donde no nos hiciéramos los de la vista gorda con el consumo, con el microtráfico y con los efectos que esto produce en toda la sociedad”. Sí, definitivamente, qué bueno sería. 

 

Evitar hacernos los de la vista gorda, evitar al máximo esa tendencia a la improvisación, tanto en el número como en las acciones de ciudad, serán pasos necesarios para atender a esta problemática. Por lo pronto, además de urgente: ¿qué pasará con los niños y niñas en la calle?

 

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