AL CALOR DE LAS VELAS DEL PACÍFICO Y SUROCCIDENTE

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VELAS PACIFICO

 

Llegada la noche, las velas del pasado 6 de diciembre se fueron encendiendo desde los distintos lugares de la región pacífica y del suroccidente, dando lugar a múltiples epicentros de aquella Velatón por la Paz que fundía en un solo sentir el rechazo por el abandono del Estado y las acciones de los violentos, con la invocación de la paz tan deseada y el exorcismo del pesimismo que oscurece el entusiasmo por la vida, la lucha y la esperanza.

A medida que pasaba la noche, como símbolo de ese caminar de las comunidades y de procesos organizativos defensores de la vida y el territorio, iban en aumento las luces y, con ellas, el grito indígena, negro y mestizo; la plegaria del cura, la monja y el laico, el sentir social del campesino, el líder y la lideresa que se hacían presentes con la convicción de sus reclamos justos, todos ellos en medio de la atmosfera celebrativa que se generaba aquel jueves en torno al tenue calor de las coloridas velas.  

En el oriente de Cali, en lo que algunos llaman el parque longitudinal, luego del tímido comienzo la alegría fue contagiando desde niños hasta viejos. Y es que a diferencia de otras voces de protesta, esta contenía un particular trasfondo de fiesta, motivado tal vez por el brillo de las bombillitas navideñas o por los cantos andinos y del Pacífico que expresaban el amor al arte y a los territorios. En ese espíritu decembrino, de guitarras y marimbas, se reunieron en aquel parque para cantarle a la vida, en medio de alabaos y jugas a María, de ritmos ancestrales para expresar un solo deseo: “Paz para Colombia; Colombia quiere la paz”.

En medio del agasajo, se alzaban otras voces para clamar desde sus diversos sentires, los versos a la vida, como si la palabra pariera, en medio de dolores y descontentos, una nueva realidad. La saliva entonces se gastaba para darles aliento a las comunidades que hoy continúan sufriendo el fuego cruzado y la fría indiferencia. Francia Márquez invitaba a estas comunidades a mantener la fuerza en medio de la adversidad, indicando la actitud característica del hombre y la mujer de paz:

“estamos invitando a la gente que todavía le duele lo que pasa con el hermano y la hermana; a la que tiene esperanza en que esta mala noche va a pasar, y que la noche de la alegría, de esa familia extensa, nuevamente va a nacer para volver a sembrar la tierra, y cuidar el río y el bosque.”

Otros gritos de la protesta celebrativa se dejaron escuchar desde Buenaventura, Quibdó, Tadó, Belén de Bajirá, Apartadó, Guapi, Timbiquí, López de Micay, Tumaco, entre otros lugares. Ya no era el wifi el que conectaba a las personas, sino el corazón ardiente simbolizado en esa velita de color que alumbraba la noche y la plegaria, y que se manifestaba en parroquias, organizaciones sociales, comunidades indígenas, consejos comunitarios, ciudades, ríos, barrios y parques, clamando una “¡Navidad en Paz!” y diciéndole a la guerra: “¡Nunca más!”

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